De Dios o del mundo: tú eliges

January 1, 2018

 

La gracia, el amor y la paz del Santo Espíritu de Dios, desciendan a nuestros corazones. La Santísima Virgen nos ama, nos ama muchísimo, con el amor del Padre, nos ama, con el amor del Hijo, nos ama con el amor del Santo Espíritu de Dios, con el amor de Dios. 

 

Dios nuestro Padre, desea hacernos entrever cuánto nos ama, con el amor que a la Santísima Virgen le ha conferido para amarnos a nosotros sus hijos. Nosotros, hemos de corresponder a este amor por todos nuestros hermanos que no lo corresponden. 

 

Hoy la Santa Madre Iglesia, honra a María como Madre de Dios, el cual es el título más honorífico que se puede proferir a criatura alguna. En muchas ocasiones se nos ha hablado de las maravillas que Dios ha hecho en Ella, como su hija predilecta, la Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. Ella es  la Madre del Salvador, es decir, Madre de Aquel que vino para salvar. ¿Salvar de qué? Salvar de la muerte, salvar del pecado, salvar de las garras del gran ladrón que quiere apropiarse de lo que no es suyo precisamente porque no le pertenece, porque le pertenece a Dios, es que lo quiere para él. 

 

Nuestro Señor Jesucristo, vino a salvar y esa salvación se ha hecho extensiva a muchísimos hombres. Para muchísimos se han abierto las puertas del cielo y para muchísimos se siguen y se seguirán abriendo. 
Nuestro Señor Jesucristo es quien salva, salva de las diferentes circunstancias y situaciones del ser humano. Es Jesús quien salva, recordemos los pasajes que vivieron los apóstoles, en los cuales fueron salvados por Jesús como primicia de esa salvación que llegaría a su plenitud en su pasión y muerte en la cruz. 

 

Esto para decir, que clamemos al Salvador, por nosotros mismos, nada podemos hacer, pero Él, nos puede salvar. No debemos temer pues ellos están con nosotros. Es necesario que nos fortalezcamos en la confianza y en el abandono porque la lucha que se está librando es muy grande y es definitiva, porque se está luchando por las almas rescatadas por Nuestro Señor Jesucristo. 

 

Esto es algo que sabemos bien, pero es necesario reiterar la invitación a la oración, a la reparación, al sacrificio, a la mortificación, al ayuno, a la penitencia. No estamos luchando contra seres de carne y hueso, sino contra las potestades del infierno. Por esto, no es un combate físico, es un combate espiritual y es un lucha que hay que librar con armas espirituales; revistámonos de la armadura de Dios (Cf. Ef 6, 10-12).
Muchas veces en nuestros corazones se anidan una serie de inquietudes, sin embargo, debemos reposar en Dios y hallar en Él la calma y la paz. En el caminar todo se nos irá mostrando a su debido tiempo, es decir en el tiempo de Dios. 

 

Hay que realizarse en el amor, porque el amor es la clave de todo: vivirse en el amor, calcularse en el amor. Si hemos perdido tiempo, es tiempo de recuperarlo, porque Dios está dando nuevas oportunidades y de un modo especial, hoy nos da una nueva oportunidad. Y entonces pensemos en algo: Si estamos en un lugar y queremos ir a otro, ¿qué debemos hacer? La respuesta es obvia. Esto implica, salir para entrar a otro sitio. Pero, ¿podemos estar en varios sitios al mismo tiempo? También esta respuesta es clara: no es posible. Entonces, ¿cómo pretendemos estar al mismo tiempo en tres sitios determinados: en nosotros mismos, en el mundo y en Dios? ¿Podremos continuar así? Si físicamente, solo podemos estar en un lugar determinado, espiritualmente, debemos estar centrados y definidos en Dios; esa división, no la podemos seguir manejando.

 

Ahora, preguntémonos, ¿acaso nuestras manos están en la sala, nuestros pies en la cocina y nuestra cabeza en otro sitio? ¿Verdad que no? Porque son un solo cuerpo constituido por varios miembros y esos miembros unidos forman un conjunto. Entonces, tampoco podemos estar físicamente en un sitio, con la mente en otro y con el corazón en otro, ¿verdad que no? Hagamos un momento de silencio para que bajo la acción del Santo Espíritu de Dios se suscite en nosotros, una pequeña reflexión que debe hacerse extensiva. 
Respondamos a esto: Nosotros estamos aquí, porque tenemos que estar o porque queremos estar; que cada uno responda a esta pregunta. 

 

Cuando las cosas se hacen por obligación, se ven condicionadas y se hacen por hacer. Se está por estar, se vive por vivir, se ora por orar, pero no por amor, ni para agradar al amor. Pero cuando las cosas se hacen porque se quieren, por amor, entonces realmente adquieren el sentido que necesitan para impulsar la voluntad para actuar. Y ese impulso, sólo lo da el amor. Si quieres, puedes; si puedes, amas. 

 

El amor nos capacita para hacer cualquier cosa, aún en contra de nuestro propio querer, con tal de agradar al amado. Entonces, si no estamos aquí por obligación, escuchemos: no necesitamos seguir por seguir, vivir por vivir, orar por orar, hacer por hacer, obrar por obrar. Necesitamos hacerlo todo por amor. Por amor al Amado, por amor a Aquel que nos ha amado primero y que por nosotros no ha dejado de hacer nada. Todo lo ha hecho (Cf. 1Jn 4, 8-11). 

 

Por eso, quien realmente quiera corresponder al amor, ha de hacerlo todo por el amor. Entonces es hora de reiniciar la marcha, de proseguir, bajo la acción del Santo Espíritu de Dios. Hay que ir hacia delante, mirando única y exclusivamente el fin único y último, sin detenernos. 

 

Ya tenemos un camino trazado. Ya no nos podemos detener, ni mirar atrás, ni hacia los lados, ¿por qué? Porque tal vez no lleguemos a tiempo; y a donde tenemos que llegar encontremos la puerta cerrada y ya no se pueda abrir (Cf. Mt 25, 1-13). Por eso, hay que continuar sin detenernos, avanzar sin retroceder, porque la lucha se está librando. 

 

Y recordemos que fuimos llamados para formar parte del ejército de la Santísima Virgen. Por esto, necesitamos ser un escuadrón formado, dispuesto y completamente entregado. Un escuadrón que no piense en sí, sino en Dios y en los fines que Dios ha trazado para él. ¿Qué se necesita? Que nos apartemos de todo aquello que nos aparta de Dios: el mundo, la carne y todas sus concupiscencias, el demonio y todos sus atractivos. Para ello, es necesario un distanciamiento radical de estas cosas, porque si queremos saber cuán cerca estamos de Dios debemos mirar cuán lejos estamos de todo aquello que nos aparta de Él (Cf. 2Pe 1, 4; 1Jn 2, 16-17). 

 

Después de apartarnos de todo aquello que nos aparta de Dios hay que apartar de cada uno todo aquello que no es de Dios y que nos está alejando de Él, desde el interior: el odio, la envidia, la discordia, la murmuración, las rencillas, la pereza, la vanidad, la soberbia, entre otros, que se sintetizan en el pecado, porque desagrada a Dios (Cf. Gal 5, 19-21). 

 

Y recordemos, si para llegar a la cocina, necesitamos salir de aquí, entonces, si queremos llegar a Dios, necesitamos salir de nosotros mismos. Y si es que estamos en el mundo, necesitamos salir del mundo, pero no podemos estar en tres sitios al mismo tiempo, ni podemos dividir el corazón, la mente y el cuerpo (Cf. Jn 15, 19). 

 

Entonces, hermanos y hermanas, estamos llamados a la conversión y a la entrega. (Cf. Lc 3,8). Si queremos aceptar todo esto, entonces recordemos, estamos llamados al servicio: somos servidores de la Servidora del Trono de Dios (Cf. Mt 20, 27-28). 

 

Y hermanos, recodemos la actitud de Nuestra Señora del Fiat en la Anunciación: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Recordemos que esto implica, una aceptación y un ofrecimiento. La aceptación: “He aquí”; el ofrecimiento: “hágase en mí según tu Palabra”. 
Nuevamente recordemos, hemos sido llamados a formar parte de un ejército, ¿queremos ser parte del mismo? 

 

Pues bien, las grandes luchas se libran hasta la sangre y es necesario que derramemos nuestra sangre por el Reino de los Cielos, no hablamos en un sentido físico, sino espiritual. Tenemos que morir de ahora en adelante, diariamente, a nuestro yo, a nuestra voluntad, a nuestro querer y disponernos con generosidad, con alegría a Dios, a su querer, a su Voluntad (Cf. Mt 16, 24). 

 

Hermanos y hermanas, estamos celebrando el Año santo o el gran jubileo, si quisiéramos expresarlo, entonces diríamos que el Cielo está de “realización” y que es urgente que todos los hombres aprovechen la promoción y que todos nosotros “nos pongamos las pilas”, porque la cantidad de almas que podemos salvar para el Reino de los Cielos es muchísima. El cielo cuenta con nosotros, ¿estamos dispuestos?

 

Pues hermanos y hermanas si el enemigo malo, el ladrón, se está robando tantas almas, vamos a arrebatarle lo que nos está quitando, lo que falta. Recordemos, nuestras armas, son armas espirituales, y la principal es la oración (Cf. Ef 6, 10-20). En cuanto a nuestra protección, no temamos. Nuestra Señora del Fiat, se encarga de ello. 
 

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