“La fe auténtica como fruto de la noche”. (A partir del libro: “El Pueblo de Dios en la noche”, de Eloi Leclerc).

October 8, 2011

 

 

Quisiera iniciar este ensayo por tratar de definir qué es la noche. En primera instancia, se
podría decir que la noche es la ausencia de la luz del sol debido al movimiento rotatorio de la
tierra: lo contrario del día. Sin embargo, la noche en sentido análogo, tal como lo plantea este
hermoso libro, puede tener muchos significados tales como el desconocimiento ante lo que no se
puede ver o tocar u oír, o quizá como aquel momento turbulento en el que no se sabe de dónde se
viene, ni para dónde se va, entre otros que se podrían sacar; pero entre todos estos significados
alegóricos podemos encontrar un común denominador: es la situación en la que estamos
inseguros y sin el dominio o control sobre lo que nos rodea.

 

Realmente en la propia vida, pasamos por diferentes noches, en las que hay más o menos
oscuridad entre unas y las otras, es decir, por situaciones en las que experimentamos una mayor o
menor inseguridad. No obstante, creo que el ser humano por sí mismo y con sus solas fuerzas
puede encontrarse en una noche continua, donde a veces hay más claridad: porque hay aspectos o
momentos de la vida que se nos escapan y que son incomprensibles por la sola experiencia de los
sentidos y aún por el discurso racional: cuántas veces uno se ha encontrado ante circunstancias
que no alcanza a comprender, sin que esto signifique haber caído en el abismo del sinsentido.
Creo que cuando esto sucede, aún es posible “vivir” y de hecho se han vivido vidas enteras en
aquella noche con claridades que permite desarrollar las diferentes actividades y sostener las
creencias.

 

Tal forma de vida corre un riesgo: el de la autosuficiencia. Pero, ¿por qué? ¿Acaso no estamos de
noche? ¿Acaso no todo es claro para nosotros? Y sin embargo, podemos vivir de noche como si
en realidad viéramos con claridad meridiana: tal fue la condición del Pueblo de Dios antes de ser
sometido a la prueba de una verdadera noche que les hizo ver la luz.

 

En esa noche, fueron despojados de sus seguridades y no de cualquier tipo de seguridades, sino
de aquellas que le daban identidad al Pueblo elegido por el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Así,
cabría distinguir entre distintos tipos de seguridades, aquí cito dos: las seguridades externas y las
seguridades internas o de identidad. En las primeras, de menor importancia, estarían aquellas que
no son indispensables para subsistir y en las segundas, de mayor importancia, aquellas que son
constitutivas de la identidad y del “ser” de una determinada realidad.

 

Ahora bien, también cabría aquí la siguiente pregunta, ¿por qué para el Pueblo de Israel, la tierra
y el templo eran hasta antes del destierro tan importantes para su identidad? La respuesta a esto
es clara: tanto la tierra como el Templo constituían el cumplimiento de las promesas de Yahvé a
su Pueblo. Por eso, el ser despojado de la tierra y del lugar de la presencia de Yahvé produjo una
gran conmoción, puesto que en la tierra y el templo vivían “a plena luz del día”. Sin embargo,
esto fue desmentido por el mismo Yahvé cuando los sometió al despojo.

 

Pero, si la tierra y el Templo eran fruto de las promesas de Yahvé a su Pueblo, ¿por qué el mismo
Dios los despojó? Esto se deja ver una situación permanentemente en la historia de Israel: Ya se
habían formado en la tierra y en la templo de piedra y argamasa una falsa seguridad: un ídolo.
Con ello, se centraron en las promesas del Señor y no en el Señor de las promesas, por eso
Yahvé, por su entrañable misericordia los llevó al desierto y les habló al corazón.

 

Así, la experiencia del Pueblo llevado al desierto es ante todo una iniciativa de Dios que en su
Infinita Sabiduría se vale de circunstancias adversas para dar grandes regalos de misericordia,
que en el caso de Israel fue el comprender que Dios está por encima del Templo y de la tierra, en
definitiva que Dios es el Dios que quiere reinar en el corazón del hombre.

 

Por otra parte, quisiera hacer la distinción entre el Pueblo elegido y los individuos que lo
conforman, ya que a pesar de que la experiencia del exilio de Israel marcó la conciencia religiosa
de todo el Pueblo, considero que es importante resaltar que la experiencia de la noche se vive
también de manera personal. Aquí es donde quisiera adentrarme en lo que muy probablemente
vivimos todos, de camino hacia el encuentro con el Dios que habita en el corazón.

 

Como ya lo mencionaba, en la vida pasamos por distintas noches y por una noche continua con
claridades que nos permiten “vivir”, pero no ver. Ahora bien, ¿cómo hacer para que esas noches
se conviertan en fuentes de luz a lo largo de nuestra vida? Porque cuando a uno le suceden tales
eventos, que no nos dejan ver, ni oír, ni entender, cuando la tristeza y el hundimiento debido a no
tener a dónde ir, o alguien a quien recurrir en esos momentos en los que se experimenta la
soledad en medio de las multitudes y cuando ninguna compañía es suficiente para erradicarla y
todo esto vivido en el interior más que en el exterior, como dice el dicho popular cuando “la
procesión se lleva por dentro” entonces podemos estar ante un momento crucial en nuestra vida.

 

Tenemos a mi parecer básicamente dos opciones. La primera, sería el desánimo y probablemente
la desesperación. Y la segunda, sería aquello que expresa Ortega y Gasset cuando dice: “en las
situaciones límite de la vida tenemos la gran oportunidad de pasar del no ser al ser”.

 

Ahora bien, me pregunto, ¿cuál será la diferencia? ¿En qué radica? Y creo que sin duda es la
posibilidad de tener una seguridad que esté más allá de cualquier “seguridad aparente”; y esta
seguridad se encuentra en Dios, en el Dios personal que se ha revelado en la humanidad, en el
Dios de Abraham, Isaac y Jacob, en el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Pero, ¿por qué?Y creo que la respuesta es que cuando las aparentes seguridades, que pueden ser externas a
nosotros mismos, o que incluso pueden llegar a ser tan internas a nosotros como nuestras propias
cualidades y capacidades naturales, nos llegasen a faltar, es cuando nos es posible dar el paso de
la fe, de la confianza y del santo abandono en los brazos de nuestro Padre del Cielo, en pocas
palabras de llegar a ser en el Único que ES. No obstante, no todos pasan por la experiencia
purificadora de ser despojado de seguridades tan esenciales, pero todos sí tenemos la posibilidad
de, como Abraham dejar “nuestra tierra”, es decir, poner en manos de Dios aquellas seguridades
que nos impiden dar el paso de la fe o mejor confiar en Dios para dejar nuestras seguridades.

 

De ésta última idea creo que es posible decir que tenemos la opción de elegir nuestras “propias
noches”, noches en las que no vemos nada, noches en las que no tenemos por nuestras fuerzas
nada seguro, pero noches que se ven iluminadas por la lámpara de la fe y la confianza en nuestro
Creador: hacer pequeños actos de confianza en Dios cada día.

 

Sin embargo, creo que la purificación enviada por Dios siempre tendrá un impacto mucho
mayor, debido a la plena incapacidad de controlar dicha situación, que en los actos personales de
fe puede permanecer latente. Así lo expresa el Salmo: “Dichoso el hombre a quien corrige Dios,
porque Él hiere y venda la herida”.

 

Por otro lado, también creo que como lo explica el autor de libro, una vez que nuestra fe ha sido
renovada y que ya no somos los mismos que antes, como Israel que a pesar de que Dios por boca
del Profeta Ezequiel prometió la reconstrucción del Templo y el regreso a la tierra que una vez
fueron motivo de una “falsa seguridad” y que después del exilio comprendieron que Yahvé está
por encima de todo, incluso de eso, se puede correr el riesgo de volver a poner nuestra seguridad
en las cosas y no en Dios y de hecho, esa es la historia de Israel y en el fondo también la nuestra.

 

Y entonces, ¿será posible erradicar esa propensión a asegurarnos en las cosas terrenas? Y creo
que la respuesta nos la da en primer lugar la Santísima Virgen María, cuando dice: “a los
hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías”, es decir: a los que
siempre se hicieron los necesitados de Dios, siempre fueron colmados, en cambio los que se
bastaron a sí mismos, ya habían recibido su paga. También, san Pablo lo expresa cuando dice:
“me glorío en mis debilidades, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, y quizá esto se
podría interpretar que “cuando se hace el necesitado de Dios, entonces Dios lo colma con su
gracia”.

 

Finalmente, al haber leído este libro, me quedo con la invitación del Señor Dios de Israel y de
Nuestro Señor Jesucristo a confiar más en Él y en sus designios y que ante toda circunstancia de
la vida es posible encontrar una luz al final de las tormentas, con la seguridad de que la luz
brillará con mayor esplendor cuando la noche de las propias seguridades sea más oscura, luz que
brillará en el corazón, donde Dios habita.

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